El programa de radio más veterano dedicado a la música de guitarristas y bajistas.

Xperience Live!: Judas Priest + Motörhead + Saxon (02/08/2011)

 

    Este agosto nos ha brindado dos momentos históricos: el poder ver tres de las bandas británicas más grandes de la historia del rock y el metal juntas, y la despedida de una de ellas y que a la postre es, con toda probabilidad, el icono actual más grande del heavy metal junto a Iron Maiden.

    Por fin, después de meses de polémicas, comentarios y rumores llegó a nuestro país la “Epitaph Tour” de los Judas Priest. Arrastrando tras de sí varios elementos negativos como la incomprensible marcha de K.K. Downing, uno de los fundadores (leer noticias al respecto aquí, aquí y aquí) y el anuncio de la grabación en estudio de nuevo material (noticia aquí), creando así la teoria de que tal vez la gira de despedida no sea en realidad tal, sino un elaborado método para sacar los cuartos al aficionado, era, no obstante, una ocasión que ningún aficionado al metal podía perderse: los reyes Judas Priest secundados fielmente por sus escuderos Motörhead, cuya actitud punk, rock & rollera y alegre se mantiene intacta, y Saxon, una de las bandas más representativas de la gloriosa época de la NWOBHM y de la que sin duda puede decirse, que es la que mantiene un mejor estado de salud de todas ellas.   

   Así que tras pagar más de 60 € de entrada, cuyos gastos de tramitación ascienden a la escandalosa cantidad de 7,20 € (gracias a la cada vez actitud más mafiosa de TicketMaster y a la negativa de la promotora Rock and Rock a acreditarnos) nos plantamos dos horas antes en el Estadi Olímpic de Badalona, también conocido como el estadio del Juventut de Badalona. Pese a que en los accesos al estadio no hay ni una sombra y la temperatura rondaba los 35º con un cielo despejado, las largas colas presentaban un único color. Camisetas negras, pantalones negros y botas negras, mucha greña, bastantes calvas de veteranos, algún aventurero que se atrevía a lucir una chaqueta vaquera (llena de parches, por supuesto), una media de edad superior a los 40 (aunque de un tiempo a esta parte pueden verse más jóvenes en conciertos de metal clásico) y los lateros magrebíes haciendo el agosto y demostrando que el heavy metal siempre estará asociado a Estrella Damm, eran los elementos que podían verse aquel día. La primera polémica del día fue lo de los jodidos 7,20 €. La segunda fue las dos colas que separaban las entradas de gradas y de pista, habida cuenta de que el precio era el mismo y que después no había vigilancia alguna que impidera pasar de grada a pista y viceversa. La tercera fue una estratégica apagada de aire acondicionado que nos proporcionó a mi y mis acompañantes tal agobio, que antes de empezar la música y los apretujones, ya nos planteábamos muy seriamente abandonar la pista para ir a sentarnos a las gradas. Claro que ello consiguió su objetivo, y fue que las barras obtuvieran una recaudación récord. Aunque el problema fue que sólo habían dos, y encima debías hacer una cola kilométrica para sacar los tickets y otra más para adquirir tu bebida. Esto hizo que mucha gente se perdiera los comienzos de los conciertos. Menos mal que el aire acondicionado comenzó en cuanto se apagaron las luces. 

 

 

     Tras media hora de retraso y con una entrada de sonidos electrónicos e industriales y unos rayos lasers, aparecían sobre el escenario el líder “Biff” Byford, el bajista Nibbs Carter, los guitarristas Doug Scaratt y Paul Quinn y el batería Nigel Glocker. El primer tema de la noche fue “Hammer of the gods”, single de su reciente “Call to Arms” y pese a ser un tema aún no demasiado escuchado, la gente ya estaba rendida a sus pies desde el primer acorde. Nunca llueve agusto de todos, está claro, y en una banda con una discografía tan extensa siempre van a faltar temas, pero teniendo en cuenta que solo tocaron una hora, no nos parece muy normal que al menos tocaran cuatro temas de este nuevo álbum. Sonaron geniales no digo que no, pero aún así, este tipo de set lists deben de realizarse bajo el prisma de un festival, aunque no sea un festival propiamente dicho. Así, durante la hora escasa, pudimos disfrutar de clásicos y nuevos temas como “Never surrender”, “Chasing the bullet”, “Back in ‘79”, “Call to arms”, “Heavy metal thunder”, “Crusader” o “Wheels of steel”.

La banda tocó de manera pefecta y con un nivel de intensidad altísimo, aunque tocando solo una hora grave sería que bajaran el nivel, pero aún así lo hicieron de lujo. Destacaria a Byford, quien sigue estando genial a las voces y al bajista Nibbs Carter, que lejos de la sobriedad habitual de los bajistas, no paró ni un momento de correr por el escenario y animar al público (camiseta del Barça incluida).

En un momento del concierto, Byford comentó que volverian en noviembre. Ojalá sea así, pese  a que en la web oficial está la lista de conciertos hasta diciembre y no contempla ninguna visita a España, y no se ve ningún hueco posible hasta fin de año. Confío en que no fuera una mentira piadosa, pero está claro que tras verles en el Sonisphere y ahora con Judas, ya toca disfrutar de una vez de un set-list íntegro de los veteranos británicos.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

    A medida que se acercaban las 21.00 la ilusión se apoderaba de un servidor. Nunca había visto con anterioridad a Motörhead, ni tan siquiera a finales del año pasado cuando realizaron un concierto en Barcelona del que todo el mundo salió contento. Sabía que era un banda cuya intensidad en directo es tremenda. Pese a que Lemmy Kilmister asegure que odia las etiquetas y que tan solo hacen rock and roll, ni tan siquiera heavy metal, es indudable que nadie asociaria el rock and roll de Elvis Presley a lo que él hace. Y pese a ser considerados Motörhead por muchos estudiosos como los padres del trash, el speed u otros subgéneros rápidos del metal debido a la velocidad y agresividad de muchas de su canciones, la actitud y el tipo de composiciones lo emparentan más con el punk que otra cosa. De hecho el mismo Lemmy también admite estar más cerca de The Damned que no de Black Sabbath.

    Lo que no esperaba es que cuando salieron a escena Lemmy Kilmister -con su inconfundible bajo Rickenbacker– seguido por el guitarrista Phil Campbell y el batería Mikkey Dee, y nada más comenzar “Iron fist”, la gente enloqueciera de tal modo que, estando en la pista a bastante distancia del escenario, comenzaran a realizarse multitudinarios pogos, en una suerte de locura colectiva intensa y divertida. 

    Tras ese tema le siguieron “Stay clean” y “Get back in line” de su reciente “The world is yours”, “Metropolis”, “In the name of tragedy”,  “Killed by  death”, “Ace of spades” “Overkill”, entre otros, lo cual provocó un delirio continuo durante la hora y pocos minutos que estuvieron en escena.

    En cuanto a los músicos, Lemmy permaneció quieto como siempre, dominando el concierto con su bajo y su característica voz cazallera (que por cierto, se le entiende más cuando canta que cuando habla). Phil Campbell tuvo que lidiar con algunos problemas en sus guitarras durante en un par de temas pero no paró de moverse y demostró simpatía y cercanía con el público. Pero quién más nos gustó y sorprendió fue Dee. Pese a la aparente sencillez de los cuatro acordes de la música de los Motörhead, la velocidad, técnica, pegada y complejidad en los ritmos de Dee es alucinante. A lo cual debe de ayudar esos monstruosos brazos que se gasta. El ex King Diamond, Don Dokken, WWIII y Helloween demostró ser uno de los más grandes e injustamente infravalorados baterías del panorama metálico actual.

    El sonido, al contrario de la limpieza escuchada en Saxon, fue más guarrete, quizás debido al estilo que practican y a que pese a tener un bajo en escena, al tocarlo siempre con distorsión, suena todo como más sucio, pero esa es la gracia en parte de Motörhead.  

     Una vez terminado su set, la primera idea que nos asaltó fue pensar en que Judas Priest iban a tener muy crudo superar la intensidad de los Motörhead y la comunión entre público y grupo que se había vivido.

 

 

 

 

 

 

     Y poco antes de las 23 llegó el gran momento. Rob Halford era uno de los históricos que me faltaban por ver en directo. Y pese a que soy de los pocos que siempre han defendido la continuación de Tim “Ripper” Owens en la formación antes que Halford (si hubieran editado con Owens un “Painkiller” ya veriamos si la gente habría reclamado tanto su vuelta), hay que reconocer que tenía ganas de ver en acción a uno de los dioses del metal. 

     En cuanto acabaron Motörhead, un enorme telón cubrió el escenario mostrando el logo de la “Epitaph Tour”. Tras la consabida espera, cayó el telón y vimos un escenario realmente currado. Columnas a los lados con cadenas y las cruces del grupo, una escalera en el centro que ascendía hasta la batería y una enorme pantalla al fondo en la que se veía una ciudad apocalíptica en llamas y un letrero que daba la bienvenida a la imaginaria ciudad de British Steel. El juego de luces también fue asombroso, con continuos efectos de lasers que quedaban geniales (aunque a nadie se le ocurrió darse la vuelta y mirar atrás, para comprobar las espectaculares formas que realizaban en el techo y la pared trasera del Estadi). Toda una muestra de que el metal y el espectáculo son una combinación imparable.

    Las dos primeras canciones que sonaron fueron “Rapid fire” y “Metal gods”. Lo primero que nos llamó la atención fue la presencia de Rob Halford, rodilla en mano y casi agachado, y como Richard Faulkner, al minuto de caer el telón, salió corriendo hasta un lateral a decir al público “estoy aquí y soy un Priest os guste o no”.

    Tras esos dos temas, fueron empalmándose uno tras otro, creando una buena colección de clásicos y de temas más recientes. Era agradable ver en muchas ocasiones la portada del disco correspondiente en la gran pantalla. Como siempre pasa y como hemos comentado respecto a Saxon, los fans una banda con una discografía tan larga tendrán cada uno su propio set-list de temas que quieren escuchar, pero pese a todo, creo que el resultado fue bastante equilibrado y de una buena duración (más de dos horas).     

  1. Battle hymn
  2. Rapid fire
  3. Metal gods 
  4. Heading out to the highway 
  5. Judas rising 
  6. Starbreaker 
  7. Victim of changes (con solo de guitarra de Glenn Tipton)
  8. Never Satisfied 
  9. Diamonds & rust
  10. Dawn of creation 
  11. Prophecy 
  12. Night crawler 
  13. Turbo lover 
  14. Beyond the realms of death 
  15. The sentinel
  16. Blood red skies 
  17. The green manalishi
  18. Breaking the law
  19. Solo de batería
  20. Painkiller
  21. The hellion
  22. Electric eye
  23. Hell Bent for leather 
  24. You’ve got another thing coming
  25. Living after midnight

 

 

    Y como siempre nos gusta hacer, repasemos uno a uno a los componentes de la banda. Comencemos primero con el nuevo.

    Richard Faulkner salió a por todas. Ya he leído por algún lado críticas a su actitud y sus ganas de chupar cámara. Seguro que si hubiera estado quieto en una esquina también se le hubiera criticado. A ver, ¿es que por sustituir a Downing tiene que clonarlo en todo? Si el resto de sus compañeros son sexagenarios con menos energía que él, ¿debe estarse quieto? En modo alguno vi que quisiera robar protagonismo, y de hecho, en una banda tan estática (Halford solo camina, y lento adémás, y Hill no se movió de su posición en ningún momento) daba gusto ver a alguien que no podía estarse quieto. Más bien lo vi como una autoreafirmación de “estoy aquí, es el sueño de mi vida y quiero disfrutarlo a tope porque solo es una gira”. ¿Tan malo es eso? En cuanto a asuntos guitarreros, podía reconocerse la estructura de los solos de K.K. Downing, pero sabía llevárselos a su terreno. Advertí en gestos y en lenguaje una aproximación al sonido de blues y hard rock agresivo de Zakk Wylde (hasta toca con Gibson Les Paul) y de inmediato me vino a la mente la bizarra idea de que éste podía haber sido guitarrista de Judas Priest. Sigo sin tener claro si Faulkner era el guitarrista ideal para los Priest, al revés de lo que pasó con Owens, que era evidente que era el cantante ideal para la banda, pero ha superado el marrón de sustituir a última hora a un histórico con nota alta.

    Glenn Tipton -excesivamente delgado- soleó con gusto. Pese a que hay algunos solos que se le empiezan a atragantar (es lo que tiene ser el virtuoso del grupo y haber llegado a una edad), sigue mostrando su maestría al tocar cada riff y cada solo. No se movió mucho, y cuando se acercaba al público no dejaba de mirar a su mástil y para colmo el pequeño solo a pelo que tocó fue tan lamentable (un sencillo riff pentatónico tocado rápido) que no se le puede llamar ni solo de guitarra. No obstante hubo una buena compenetración con su nuevo compañero de las seis cuerdas, como pudimos ver en la intro de “Judas rising”, por ejemplo.

    Ian Hill pese a ser claramente el más viejo del grupo, aporreó con potencia y gran técnica su bajo. Es cierto que no se movió de su posición ni un momento, y permaneció en un continuo segundo plano al fondo del escenario, pero junto a Faulkner fue el único que no dejó de mover su instrumento y sus greñas durante todo el concierto.

    Scott Travis una vez más demostró su gran talento con las baquetas. Tuvo su momento exclusivo de protagonismo (el único de la noche) con un solo no muy largo pero muy creativo. Por tres veces nos engañó tocando la intro de “Painkiller” para seguir a lo suyo, pero cuando inició el tema en verdad el público estalló en aplausos. Si dudarlo se puede decir que estuvo inmenso.

    Rob Halford. El Metal God. La Voz (con permiso de Sinatra). El Símbolo del heavy metal. La esencia del heavy metal encarnado en cantante. Cualquier cosa que haga va a provocar una enfervorecida pasión entre sus fans. Pero como uno está harto de los mitos, vamos a hablar tanto de lo bueno como de lo malo. Halford no es un niño y muchos de los temas son muy comprometidos vocalmente hablando. En este sentido fue muy inteligente de reservarse. Aún es capaz de llegar a esos agudos de antaño, pero también es cierto que conservaba energías limitando esos momentos a frases en concreto o gritos muy cortos y moviéndose sobre el escenario siempre con calma, con mucha calma. De esta manera, temas como “Judas rising” o “Painkiller” sonaron muy dignamente. Por cierto, respecto a este último, fue precedido por el mítico “Breking the law” con el micro apuntando al público y sin que él cantara ni una nota. El público se lo pasó en grande haciendo de improvisado cantante, pero a Halford se le vio el plumero en el sentido de que necesitaba descansar para acometer con solvencia el momento más difícil de la noche. La jugada le salió muy bien, porque pese a no ser el Halford de hace veinte años ni ser tampoco un Owens, ha sido el mejor “Painkiller” que hemos oído en años. Fuera ya de aspectos musicales, resultó divertido el continuo pase de modelo que nos hizo, cambiando de americana en casi cada canción. Doradas, de cuero, con efecto tornasol, e incluso plateada y cubriéndole todo el rostro en plan monje satánico para cantar “Judas rising”. Lo que no fue tan divertido fue el ver la escasa compenetración que existe entre él y la banda. Tal vez quede algo de  resquemor por su marcha (aunque la reunión se produjo en 2.004) o hayan tensiones internas tras la inesperada fuga de Downing, pero lo cierto es que el hombre paseaba por el escenario como si fuera el mismísimo Dios encarnado y el resto sus lacayos, pasando totalmente de éstos. Aunque curiosamente, al que más se le acercó fue al novato Faulkner (no, no estoy insinuando nada gay), algo menos a Tipton y nada a Hill. ¡Ah! y una vez subió las escaleras para cantar al lado de Travis. Entre eso y que la edad no le permite moverse con energías, daba la sensación de que el grupo iba  por un lado y él por otro.

 

 

    Con la siempre divertida y coreable “Living after midnight”, Judas Priest ponían punto y final a una histórica carrera de 40 años en el mundo de la música. Se echó de menos unas palabras de despedida, aunque si hacemos caso a los rumores, su despedida será solo de las largas giras y no de conciertos esporádicos ni nuevos discos. En este sentido quizás sería arriesgado decir que esta gira ha sido tongo. La mayoria de asistentes habrían ido igualmente, pero el miedo a perderlos definitivamente sin duda ha conseguido que esta gira sea la que más “sold outs” ha obtenido de toda su carrera, lo cual es bueno para sus bolsillos pero no demasiado ético (me da pena pensar en la cara de tontos que se les quedará a los fans que compraron las camisetas durante el concierto en las que pone claramente “Epitaph Tour”, para que de aquí a unos años hagan otras que digan “Comeback Tour”). Pero independientemente del futuro que les aguarde, fue una noche excelente, con unos Judas en un buen momento secundados magistralmente por Saxon y Motörhead. Pase lo que pase, hemos vivido una de las mayores fiestas del metal que se recuerden. 

 

 

El principio del fin… 

 

 

El último tema y… 

 

…el tiempo dirá si este es un momento para recordar o no.

 

 

(PD: Todas las fotos en directo han sido extraidas de la excelente crónica realizada por la web RafaBasa)

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